En la cama, mi larga melena rojiza rozaba el suelo y mis manos temblaban de frío. La pequeña estufa que mamá había comprado se había estropeado y el viento soplaba tan fuerte que parecía querer entrar por la ventana. Me levanté con el cuerpo muerto de frío y la cara pálida, quizás más pálida de lo normal. Me dirigí hacia mi pequeña ventana con forma de elefante. En frente de la casa había un bosque, estaba tan oscuro que casi no se podía distinguir del color del cielo, aunque en los días de viento se podía oír el susurro de los árboles . La calle parecía estar desierta y una de las farolas chispeaba sin parar. Cojí la bata con florecillas rosas y amarillas que tenía a los pies de la cama, me la puse y me dirigí hacía las escaleras con cuidado para no despertar a nadie. Llegé abajo y justo en ese momento el reloj de cuco que había en la sala de estar marcó en punto y empezó a sonar durante unos segundos. La cocina no era muy grande pero mamá con su buen gusto en decoración trató de que fuera lo más acogedora posible. Abrí la nevera para beber un poco de lechey miré el bote en el que ponía desnatada. Oh, Wendy detestaba la leche desnatada, estaba aguada y no sabía a nada. Aunque a papá siempre le gustó esa leche porque decía que no tenía grasa y que le venía perfecta para su nueva dieta.
Cuando fue a cerrar la nevera pegó un brinco del susto. El pequeño Tom se había vuelto a despertar por la noche como de costumbre. Con los ojos abiertos como platos y el pijama manchado de chocolate, le dí un beso en la mejilla con ternura y lo llevé en brazos a la habitación. Entré por la puerta, lo dejé caer con cuidado en la cama y me quedé a su lado, mirándolo y agarrados de la mano hasta que se quedó dormido del todo.
-Sweets dreams tommy.
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